BLASCO VIAJERO

Blasco Ibáñez era un viajero empedernido. Él mismo contaba que quiso ser marino mercante, pero su animadversión por las matemáticas, junto a la presión familiar, cambiaron su destino.

En 1923, tras haber alcanzado el éxito y el reconocimiento internacional, cumplió uno de sus sueños más queridos, dar la vuelta al mundo a bordo del trasatlántico “SS Franconia” y que reflejó en los tres volúmenes de su obra “La vuelta al mundo de un novelista”.

Desde bien pequeño se manifestó esa afición “viajera” de Blasco Ibáñez y en numerosas ocasiones en lugar de asistir a clase prefería recorrer los caminos de la huerta en busca de aventuras. Más tarde, su actividad política le obligó a viajar constantemente por toda la geografía valenciana, y más tarde por toda España.

Esa misma actividad le supuso la persecución y el exilio, primero en París y más tarde Italia, experiencias que plasmó en sendos libros.

Su relación con Elena Ortúzar, afincada en París, supuso innumerables viajes, tantos que en alguna ocasión relató que cogía el tren a París como el que coge el tranvía. Con ella viajó en el “Orient Exprés” hasta Turquía, donde conoció al Sultán, y a su regreso sobrevivió de milagro a un grave accidente.

Su primer viaje a Argentina, en 1909, donde fue contratado como conferenciante con ocasión de los preparativos del centenario de su independencia, se prolongó de unas pocas semanas a varios meses, recorriendo aquella república de un extremo al otro. Aquella experiencia le marcó profundamente y al año siguiente regresó con la intención de establecerse como colonizador (fundó las colonias de Cervantes y Nueva Valencia, separadas por varios días de viaje en tren) permaneciendo allí cuatro años, alejado de su labor literaria, y realizando diversos viajes de ida y vuelta a España durante este período.

Cuando finalmente regresó a Europa, poco antes del inicio de la Gran Guerra europea, se estableció en París, donde actuaría como corresponsal de guerra en favor del bando aliado.

El éxito que acompañó a su novela Los cuatro jinetes del Apocalipsis le abrió las puertas de los Estados Unidos de América y las grandes productoras de Hollywood reclamaron su presencia para negociar la adaptación de sus novelas al cine y la realización de nuevos guiones, lo que le obligó a marchar hacia allá a finales de 1919, permaneciendo casi un año y recorriendo buena parte de los EE.UU., de homenaje en homenaje.

A su regreso a Europa, Blasco recibió también el homenaje de los valencianos que, en 1921, le dedicaron toda una semana de homenajes. En mayo de 1923 emprendió su viaje alrededor del mundo, para lo que viajó hasta New York a bordo del “Mauretania”, y allí embarcó en el lujoso trasatlántico “SS Franconia” con el que recorrió multitud de lugares hasta regresar seis meses más tarde al puerto de Mónaco. Las experiencias de este viaje las plasmó en los tres volúmenes de su obra La vuelta al mundo de un novelista, que ilustraba con numerosas fotografías.

Tras su regreso de este magnífico viaje Blasco Ibáñez permaneció en su villa de Fontana Rosa, en la Costa Azul francesa, dedicado al cuidado de su magnífico jardín, en el que recreó un rincón de su amada Valencia, y a su labora creativa. En este rincón, junto a su amado mar Mediterráneo, le llegó la muerte el 28 de enero de1929.

Sin embargo, ese no sería su último viaje. El último fue el que le llevó desde Menton a Valencia, cuando, tras la proclamación de la II República Española, sus restos regresaron a bordo del buque insignia de la Armada española, el acorazado Jaime I, que arribó al puerto de Valencia el 29 de octubre de 1933, donde se le rindieron honores propios de un jefe de estado.

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